Por: Lianys González
Antes de que el teatro se llene y el murmullo de la audiencia ocupe cada rincón, el director camina solo por el escenario, revisando cada detalle con la concentración de quien entiende el peso de su misión. Observa las luces que comienzan a preparar el ambiente y los rostros emocionados de sus actores, jóvenes que llegaron buscando un espacio y terminaron encontrando un propósito. No dirige para impresionar al público, sino para encender algo en ellos, porque en cada obra, más que una historia, se juega un mensaje que podría transformar una vida.
Para Anthony Santiago, director y escritor de obras de teatro, el teatro dentro de la iglesia no es un proyecto ocasional ni un simple pasatiempo, sino una extensión de su llamado creativo. “Yo creo que el arte sana, edifica, educa, y estos espacios son ideales para eso”, comentó. Desde su perspectiva, cada obra es una oportunidad para conectar con diferentes audiencias y ofrecer historias que hablen con honestidad sobre lucha, fe y restauración. Trabaja lejos de los grandes presupuestos, pero cerca de las realidades que quiere transformar, consciente de que el poder del mensaje no depende del equipo técnico, sino de la verdad que cada escena transmite. En un escenario sencillo, pero cargado de intención, dirige con la convicción de que el arte puede llegar donde a veces las palabras no alcanzan.
Según la Fundación Lotus, el teatro ha sido un reflejo de la sociedad y una manera de transmitir ideas y emociones. Dentro de este mundo artístico, el teatro cristiano se destaca como una forma de mostrar valores, enseñar lecciones bíblicas y motivar a las personas a reflexionar sobre la fe y la vida diaria. No se trata solo de representar historias religiosas, sino de usar el arte para hablar de problemas, desafíos y decisiones que enfrentamos, siempre desde una mirada positiva y cristiana. A través de cada escena, los directores y actores buscan tocar corazones, inspirar cambios y ofrecer un espacio donde la comunidad pueda encontrarse con mensajes de esperanza. “Como cantante, aprendes a emocionar con la voz; como actriz en teatro cristiano, aprendes a conmover con la historia y el mensaje. Es un reto distinto, pero más gratificante, porque ves el impacto directo en la gente”, expresó Coralys Rivera, maestra de canto en la Escuela de Bellas Artes de Fajardo.
Al enfrentarse a una obra cristiana, lo primero que encuentra Santiago son los prejuicios. Muchos creen que este tipo de teatro puede ser aburrido o carecer de enfoque moral sólido. Pero para el escritor, eso no es un obstáculo, sino un desafío para demostrar que se puede combinar profesionalismo y creatividad para crear un espectáculo que no solo entretenga, sino que también tenga calidad y propósito. Cada ensayo y cada presentación se convierten en una oportunidad para romper estereotipos y mostrar que el teatro cristiano puede ser tan emocionante y relevante como cualquier otra producción artística. “También había resistencia porque los cristianos, y lo digo con mucho respeto, por desconocer y por no educarnos con nuestro arte, nos conformábamos con mediocridades y el mundo no las acepta. La iglesia, y seguimos aprendiendo, entendió que el arte hay que educarlo. Así como nos educamos en teología, nos educamos en las artes”, comentó en una entrevista el pastor Nelson Luquis, quien por más de dos décadas se ha dedicado a desarrollar artistas cristianos.
“Creo que el arte cristiano en Puerto Rico tiene un futuro bastante brillante. Se puede seguir expandiendo; lo más importante es no perder de perspectiva que el arte y la fe pueden convivir sin estigma”, opinó el director Anthony Santiago.
Así como el director recorre el escenario antes de cada función, el teatro cristiano emprende un camino hacia la transformación, no solo entretener, sino inspirar esperanza.
