Por: Priscila Cosme
El suave zumbido del esterilizador de herramientas es lo único que rompe el silencio en SolEssence, un pequeño local bañado en tonos neutros y luz cálida. Con apenas 20 años, Solé M. Cruz Rivera ya no solo maneja una agenda universitaria, sino también su propio negocio de cuidado facial y corporal. Para ella, el esmalte de uñas o una mascarilla de barro no son solo belleza; son los pilares que sostienen su independencia.
“Siempre me llamó la atención cómo el cuidado de la piel podía cambiarle el día a una persona”, confesó Solé, quien tomó la decisión de emprender a una edad en la que la mayoría apenas elige sus asignaturas. “Sabía que tenía talento, disciplina y ganas. Un día simplemente pensé, ‘¿Si no lo hago ahora, cuándo?’ Aunque daba miedo, la idea de no intentarlo me asustaba más”.

Mientras muchos de sus compañeros se debaten entre empleos de salario mínimo y las pesadas cargas académicas, Solé representa a una nueva generación de estudiantes que ha encontrado en la estética una fuente de ingresos flexible y profesional para financiar el costo de su educación. La historia de Solé no es un caso aislado, sino el reflejo de una necesidad creciente en los campus, la de combinar estudios superiores con la generación de ingresos para cubrir matrículas, materiales, transporte o gastos personales.
Los cursos técnicos y certificaciones en estética, uñas, maquillaje, pestañas o cuidado de la piel, se han posicionado como una alternativa atractiva. Ofrecen un rápido retorno de inversión y, crucialmente, la autonomía para establecer horarios propios. Este fenómeno subraya el alto costo de la educación superior, obligando a los jóvenes a volverse emprendedores por necesidad o por visión en industrias de alta demanda.

Para Janellie G. Rivera Teissonniere, estudiante de Administración de Empresas, la estética fue una estrategia consciente para complementar su futura carrera. Ella tomó una certificación para obtener una habilidad práctica que le permitiera generar ingresos de forma pasiva mientras cursaba su bachillerato.
“Necesitaba una fuente de ingresos que pudiera manejar de manera flexible mientras estudiaba”, explica Janellie, quien genera entre $500 y $1,100 al mes dependiendo de la temporada. Este dinero ha sido “esencial para mi estabilidad económica, cubriendo gasolina, materiales de clase y hasta parte de mi matrícula”.
El reto mayor es la gestión del tiempo y la energía. Janellie utiliza una agenda digital meticulosa, separando días para la universidad y días para la clientela. “El reto más grande es manejar la energía y evitar el agotamiento mental. Hay días en los que tengo clases intensas y, aun así, debo cumplir con citas o preparar material”, asegura. Sin embargo, este balance le enseña una disciplina empresarial invaluable.
A pesar de los desafíos de la competencia en un mercado saturado, tanto Solé como Janellie ven la estética como un futuro estable. Solé, quien ya se estableció, planea expandir sus servicios y “seguir transformando pieles y vidas”. Janellie, por su parte, busca certificaciones avanzadas y fortalecer sus conocimientos de marketing digital para fusionar lo que aprende en Administración con su negocio de bienestar.
Ambas demuestran que, con disciplina y visión, la estética es más que un trabajo a tiempo parcial, es una plataforma real para que los jóvenes construyan un capital económico y profesional mucho antes de recibir su diploma universitario.
El camino de la independencia no ha sido fácil. Solé M. Cruz Rivera recuerda los momentos de duda, la carga económica y el cansancio. Pero al volver a su pequeño local, donde la espera una clientela fiel, encuentra la respuesta a sus sacrificios.
Su consejo a otros universitarios que temen dar el salto al emprendimiento encapsula la esencia de este fenómeno, “Que el miedo nunca se va por completo. Pero que no dejen que eso los detenga. Emprender es difícil, sí, pero también es una de las experiencias más transformadoras. Empieza pequeño, pero empieza”.
